24 marzo 2010

Cosas y personas

En cada momento de nuestras vidas nos llama la atención una cosa u otra, eso está claro. Ya sea por interés, el cual hace que focalicemos nuestra atención en determinados fragmentos de información de los que nos ofrece el mundo exterior, dejando pasar de largo una inabarcable cantidad de datos que no llegan a calar en la parte consciente de nuestro cerebro. También puede ser una cuestión meramente biológica: a una edad concreta te empiezan a llamar la atención los individuos del sexo contrario (o del mismo). Hasta aquí, bien. Pero hay algo que me lleva rondando la cabeza unos días y creo que al escribirlo le terminaré de dar forma. El caso es que creo que las cosas en las que nos vamos fijando hacen que tomemos nuestra imagen del mundo. Cada uno ve las cosas a su manera y esa información hace que cada uno vea su mundo. Sin ir más lejos: para mí Roma no será lo mismo que para la persona que esté leyendo esta entrada en este mismo instante. Cada uno tendrá su imagen de Roma, su vivencia de Roma y su idea de Roma.

Necesitaba poner un punto y aparte, menudo mogollón se me ha juntado ahí arriba.

Me estoy liando y lo que quiero explicar es muy simple, esta es la idea: Creo que cuando somos pequeños nos fijamos más en las cosas y al crecer, nos fijamos más en las personas. Déjenme que se lo desarrolle... Mmmm... Tengo recuerdos de mi infancia (muchos) sobre cosas. Cuando eres un niño puedes pasarte más de 15 minutos mirando una flor, lo redonda que es tu pelota, la luz que se refleja al atardecer en la montaña de enfrente de tu casa, un pozo, tus manos, el movimiento de los cordones de tus zapatos mientras caminas o la sombra de los radios de tu bici al moverse, las hormigas... Estás aprendiendo y también estás aprehendiendo el mundo. Muchas de las cosas son nuevas y otras, aunque cotidianas, merecen su minuto de atención para descubrir una nueva dimensión en ellas.

En cambio, al crecer, te fijas sobre todo en las personas. Vas en el autobús y haces reconocimientos de las personas que te rodean, las observas, intentas saber de dónde vienen, a dónde van, cuál es la relación entre la mujer mayor y el niño que tienes sentados delante de ti. Observas la vida de las personas, haces juicios o simplemente te quedas mirando. Quebrantando la intimidad de un individuo durante unos minutos. En esos minutos tú eras el único ser vivo que le estaba prestando atención a esa persona, y durante ese breve lapso de tiempo tu vida ha tenido que ver con la de esa persona, vuestras líneas se han cruzado y esa persona ha sido un poco tuya, un poco parte de ti.
Esta es la segunda fase de la existencia: entender la vida. Por eso observamos a otras personas, sólo se puede entender la vida mediante la observación de más vida. Mirando los pasitos cortos de un anciano que baja a la compra, el baile de una niña que va de la mano de su padre y, mientras éste ha dado tres pasos, su hija ha dado 15, ha saltado y ha dado tres vueltas alrededor de él.
Viajas y no sólo miras monumentos y paisajes, miras a las personas ¡Dios, qué gusto! ¡Personas nuevas, diferentes! Una enorme cantidad de información al alcance de tus ojos. Y vuelves a aprehender la vida.

Captamos el mundo y después la vida. Nos situamos y después vemos dónde vamos. Nos fijamos en las cosas y después en las personas.

Esa era la idea que me rondaba.
Gracias.

3 comentarios:

Airos dijo...

¿Y encima das las gracias? Gracias a ti.
Me ha gustado y creo que merece un coloquio-mesarredonda-ruegosypreguntas. Con ágape.

Laurita dijo...

Eso está hecho.

Anónimo dijo...

yo me apunto y ago la P